En construcción
La pérdida de arbolado
Desde hace poco más de dos años se viene sucediendo una ola silenciosa de caídas de arbolado y talas derivadas. Es silenciosa porque nosotros, en tanto que vecinos de nuestros parques habituales, apenas vemos una pequeña faceta del conjunto. Son pequeños signos aquí y allá, y de los cuales no queremos transitar el amargo camino de sus consecuencias. Así, es habitual vernos sorprendidos cada mes por una nueva ausencia en nuestros recorridos ordinarios: aquel pino inclinado, aquel otro bien robusto, aquel que se encontraba en la única pineda que queda, o ese que pervivía con una forma casi imposible que testimoniaba su conformación a la presencia de otro antiguo compañero que, sorpresa, ya no está.
De todas estas ausencias nos quedan los tocones que pueblan nuestros parques. Escondidos en algunos casos entre el césped, o, más generalmente, sobresaliendo de la tierra con lo que queda de su sistema radicular, en testimonio insoportable de la gestión a la que nos vemos sometidos.

Este es el panorama, y lo que apenas ven nuestros ojos individuales.
Sin embargo, algunas cifras comienzan a mostrar la magnitud del conjunto: 10.000 árboles se han perdido en tres años (1). Y la mayoría en los parques (2). ¿Cómo es posible? Con frecuencia se habla de la dura vida de los árboles en la ciudad, pero paradójicamente no son los árboles en las calles quienes están muriendo, sino aquellos que se ubican en los parques. Como si los parques fueran entornos más agresivos que una encementada calle.
Si bien hay una variedad de casos que sería posible con voluntad y diálogo desentrañar, hay un síntoma que se impone como uno de los principales responsables – si no el que más – de la pérdida de arbolado: el debilitamiento del sistema radicular y el cuello que, en consecuencia a una mala gestión sostenida, conllevan el vuelco o descalce de nuestros árboles más valiosos – principalmente pinos.

Pudrición de cuello, raíces cortadas y compactación
Hasta hace poco bien desconocido, el sistema radicular de las plantas es un entramado del cual vamos lentamente deduciendo sus funciones y arquitectura. De una manera muy simplificada podríamos decir que las raíces son parte de un sistema, muy jerarquizado, tal como la parte aérea de un vegetal. Sucediéndose conforme avanza en los estadios de desarrollo del árbol, el conjunto del sistema radicular va desarrollando diferentes tipos de unidades que sirven para cosas diferentes: de un lado tenemos los pelos radiculares, que son las únicas raíces que se encargan de absorber agua y nutrientes. Son muy pequeñas y densas, y se encuentran en el extremo de las raíces.
De otro lado tenemos las raíces estructurales (pivotantes o laterales) que no se encargan de absorber sino de llegar a las zonas del suelo más propicias para, entonces, disponer esas matas densas de raicillas que hemos llamado pelos radiculares. Así, el mapa del sistema radicular de un árbol es un dibujo bastante asimétrico, totalmente adaptado al contexto, y de una extensión mucho mayor al vuelo de su copa. Y con frecuencia –en climas áridos y secos– de una profundidad muy acusada.
Además, en la confluencia entre las raíces y el tronco –lo que llamamos cuello– es donde se se transmite por resonancia la carga mecánica que los agentes externos como el viento inducen en el ejemplar. De esta manera, un árbol que crece por ejemplo en medio de un nuevo parque totalmente expuesto, recibe la carga del viento de manera habitual y en consecuencia hace reforzar no solo los puntos claves de sus ramas y cimales (reforzandose con madera de reacción, en zonas de tensión o de compresión, con mayor o menor densidad de celulosa y lignina), sino también a las raíces estructurales (pivotantes o laterales), que adquieren entonces funciones mecánicas, de sostén.
En cuanto a las características del suelo, si bien hay una diferencia enorme entre varios tipos de sustrato y las correspondientes especies, se puede afirmar que las plantas en general son muy dependientes de la existencia de un mínimo de aire entre los poros de la tierra. Es una condición para poder transportar el agua y sus nutrientes – la savia bruta – hasta el conjunto de la parte aérea de la planta.
¿Qué ha pasado en Zaragoza?
Aunque el Ayuntamiento no brinda unos datos que deberían ser públicos, la ciudad de Zaragoza tiene, entre otras características distintivas, un alto número de pinos carrascos (Pinus halepensis) en sus parques y calles. Sin poderlo corroborar, su preponderancia debe estar entre las tres especies con mayor número de ejemplares en la ciudad.
Si nos fijamos, en nuestros parques es una especie muy común — o lo ha sido. Sobre todo si nos centramos en el arbolado maduro, aquel que – por simplificar – supera los 40 años.
Pues bien, es esta especie la que concentra, con una mayoría abrumadora, el conjunto de las caídas y talas de nuestra ciudad.
Las razones son varias y presentes al mismo tiempo –y esto es lo que las hace letales– :
- Encharcamiento y compactación del suelo producidos por la implantación generalizada del césped en las últimas décadas. La consecuencia de la compactación y el anegamiento de agua sobre un suelo es que todos sus poros (aquellos huecos minúsculos donde pervive el aire) son obliterados o anegados.
- Riegos totalmente desmedidos, muy abundantes y sin ninguna atención a la precipitación natural. Esto conlleva la aparición de sistemas radiculares muy superficiales y muy pequeños, además de árboles hiperestimulados. Condiciones que los árboles de ribera (Populus, Alnus, Fraxinus…) podrían encajar sin aparente problema pero que se convierten en un grave problema para las especies mediterráneas.
- Podas pretéritas que tienen por sistema eliminar las ramas bajas, induciendo la creación de árboles cada vez más altos que, maltrechos, han de soportar una mayor carga del viento por encontrarse a mayor altura. También influyen las talas o caídas de árboles contiguos, que modifican las cargas y exponen al árbol a un nuevo contexto.
- Elevación de la cota de plantación original en la que el ejemplar estaba plantado, subiendo el suelo hasta 1 metro por encima, enterrando con ello el cuello y su sistema radicular primigenio.
- Eliminación de raíces de gran envergadura por obras muy cercanas (menos de 4 metros) al ejemplar.
Estas cuatro razones principales son las que están haciendo que nuestros pinos se caigan o muevan. Especialmente dos: el aumento desmedido del riego de las zonas cespitosas sin ningún tipo de control (en verano, a las 13h; en invierno, también) unido a la compactación total de nuestros suelos por el paso sin medida ni precaución de maquinaria, así como el enterramiento de los cuellos de los árboles.
Imaginemos las consecuencias: suelo encharcado = suelo blando (+facilidad de vuelco), suelo encharcado = suelo sin oxígeno, que facilita el fracaso del sistema radicular (+facilidad de vuelco), suelo encharcado = suelo extremadamente propicio para la pervivencia de hongos que ataquen al sistema radicular y cuello (+facilidad de vuelco); suelo encharcado = sistema radicular extremadamente superficial y pequeño (+ facilidad de vuelco); suelo compactado = suelo sin poros, que facilita el fracaso del sistema radicular (+facilidad de vuelco), suelo compactado = suelo donde no cabe la expansión de las raíces ni la profundización (+facilidad de vuelco).
Cuellos enterrados y espiralizaciones. caída o balanceo.
Estos factores que acabamos de enumerar tienen con frecuencia su punto clave en el cuello.
Incluso árboles refaldados (esto es: cuyas ramas bajas son cortadas sistemáticamente de manera que se va elevando más y más la copa del ejemplar) o sujetos a pretéritas obras tendrían en la mayoría de los casos una estabilidad suficiente como para no caerse. Pero el hecho distintivo se produce cuando el cuello se encuentra en malas condiciones, por encontrarse enterrado y sometido a riego. Pues si de manera prolongada se cubre esta zona –a causa de reformas del parque, por querer echar más sustrato, etc– con una capa que en algunos casos llega incluso a 60 cm, las consecuencias sobre el cuello son dramáticas: pudriciones –en forma de lápiz, precisamente – y presencia fúngica a consecuencia de la existencia constante de humedad y ausencia de aire y luz en una zona que pertenece al tronco. Súmese a ello las ingentes cantidades de agua y el impacto directo de los aspersores.
Sin embargo, no todos los pinos están en este estado, o bien en una fase que todavía podría tener remedio.
Tradicionalmente se ha afirmado que los pinos se caen por tener “punta de lápiz”. Esto es: en la parte inmediatamente inferior al cuello, éste va disminuyendo hasta quedarse en apenas nada. Cuando el pino vuelca deja entonces ver esta cara oculta que le ha hecho pervivir sin apenas conexión con el sistema radicular debido a la pudrición de toda esa zona donde convergen las raíces y el cuello.
A este fenómeno se le ha solido dar la siguiente explicación: espiralización de raíz. Décadas atrás, las plantaciones en vivero se realizaban en alveolos y macetas sin estrías y sin apenas profundidad, además de sometidas a cortes frecuentes. Esto favorecía la aparición de un sistema radicular que daba vueltas siguiendo las paredes, y no bajaba; cuando era trasplantado, el sistema no conseguía separarse de esta dinámica y, conforme pasaba el tiempo y las raíces y el tronco iban engrosando, se producía un estrangulamiento que ahogaba como una serpiente al ejemplar, favoreciendo su caída.
Esto es un caso posible, que incluso puede identificarse visualmente por los efectos de abombamiento que se produce en el cuello.
Pero, como hemos dicho, no es la causa principal de las caídas –aunque con frecuencia así se afirma, pues se confunden los síntomas–: la causa principal y más común tiene que ver con el soterramiento del cuello.
Descalces
Recientemente han llegado noticias de un hecho que no hace sino agravar aún más el calibre del problema: actualmente se están produciendo talas de ejemplares –frecuentemente de gran calibre– por actuación directa de los bomberos y sin mediación de un informe del ayuntamiento. Al parecer los bomberos se desplazan a un lugar donde han sido avisados de un movimiento de un árbol y, en lugar de acordonar la zona y organizar la llegada de un técnico del ayuntamiento que juzgue en base a datos y conocimiento el calibre del caso y las posibles actuaciones, se tala. Árboles que pueden superar los 70 años y cuya sombra no es, ni mucho menos, reemplazable, son talados sin un informe.
Precisamente en este tipo de casos se concentran muchas de las talas en viario. Pinos situados en alcorques de la ciudad que sufren un movimiento leve en la base pero que implica en la práctica de los bomberos y el ayuntamiento su tala inmediata. ¿La justificación? El descalce.
Descalce es cuando un árbol da síntomas de movimiento en su base, lo que puede ser un aviso o sintomático de vuelco. En los casos más serios, una parte de la tierra en la zona de comprensión se hunde, mientras en la opuesta se levanta, simultáneamente a la aparición de grietas. En función de su dimensión puede asegurar el vuelco.
Pero si los síntomas son otros o ligeros – un leve movimiento en la base, que ha dejado el rastro de un pequeño espacio entre cuello y tierra–, entonces no es unívocamente el síntoma de un vuelco, o al menos no tiene por qué serlo. Y su análisis debe ser estudiado y sopesado. No podemos permitirnos perder el arbolado maduro que nos queda sin que medie un análisis y, sobre todo, sin que sea el ayuntamiento quien se haga responsable, con las medidas adecuadas, de la pervivencia del ejemplar.
El Ayuntamiento y los técnicos
Muchos de los pinos abatidos por supuestos descalces localizados por las concesionarias de nuestros parques y jardines son el producto de un somero informe técnico ejecutado por esas mismas empresas, no por el ayuntamiento. Este hecho tiende a favorecer que las empresas que gestionan nuestros parques quieran evitarse cualquier eventualidad y complicación, por lo que fácilmente optan siempre por la tala. A ello se suma – y no es un hecho menor ni casual – que los informes son efectuados por un solo técnico que en su posición precaria y expuesta no puede o quiere asumir la responsabilidad de otras soluciones menos drásticas, pero de mayor complejidad e incertidumbre.
De este modo se está externalizando en manos de las empresas privadas nuestro arbolado más valioso. Sin una protección adecuada de la figura de los técnicos ni mesas de deliberación y responsabilidad compartida. Porque en la práctica se trata de que el ayuntamiento asuma la responsabilidad de nuestros parques, con unos criterios conservadores y que impliquen una multitud de factores que nunca se pueden restringir a la simplificación de riesgos. Bajo una aparente tecnicidad donde no se propician los cotejamientos de criterio, se está favoreciendo una estructura que tiende a quitar los problemas del tejado de las concesionarias y del ayuntamiento, a costa de nuestro arbolado más valioso. Amparándose bajo una capa de supuesta tecnicidad y peligro, la ciudadanía asiste sin voz ni criterio a su resultado: talas.
Los criterios técnicos nunca son inocuos ni neutrales, y siempre debe caber la deliberación, la responsabilidad y la asunción de la complejidad. Es decir, una acción constructiva que encare verdaderamente los problemas, los identifique y pretenda solucionarlos.
Pues bien. Si tantos miles de árboles han caído o son talados por causa de riego, césped y cuellos enterrados, ¿que se está haciendo con los que quedan? Si han determinado las causas de todas estas muertes silenciosas, ¿por qué no están tomando medidas con las que impedir que los restantes vuelquen?, ¿no es esto una clara negligencia que, con los ojos fijos en otro lado, espera que, a poder ser con el menor ruido posible en la opinión pública, vayan cayendo impunemente el resto de pinos que nos restan?
La solución por la que se está optando es ir en silencio talando y dejando caer todo pino maduro, mientras la gestión vergonzosa de agua y césped – símbolos sonrojantes de la altura a la que se tiene la jardinería, la renaturalización y la infraestructura verde – continúa. Sin que la ciudadanía pueda ni tenga los conocimientos y ejemplos suficientes para poder reclamar otra cosa más digna, más compleja y más rica.
Soluciones, estrategias e instrumentos de medición
Las medidas de prevención y urgentes son:
- Eliminación de las praderas de césped bajo la copa de los pinos o a una distancia no menor de 2 metros al tronco. O su sustitución por praderas rústicas y de escaso riego. Menos ideal, aunque posible, es la implantación de mulching – siempre que no esté sujeto a riego.
- Realizar una campaña de estudio y actuación para encarar el estado de los cuellos y el sistema radicular de nuestros pinos de mayor valor. En varios casos es posible desenterrar los cuellos, tal como se ha realizado en otras ciudades.
- Sustitución o eliminación de todos los aspersores que por sistema impactan en la parte baja de los troncos y racionalización del agua.
- Promoción de medidas que impidan de una vez por todas la compactación del suelo.
Las estrategias de medición y riesgo:
- Exigencia de un informe técnico que sostenga cada tala efectuada por los bomberos.
- Mesa de responsabilidad compartida e informes técnicos plurales de arbolado.
- Uso de tomografías y, sobre todo, test de tracción para conocer el estado de los pinos. Antes de que se caigan.
Consecuencias
Los pinos se caen o se talan. Llevan cayendo durante los últimos años como lluvia de razón evidente. Y sin embargo los céspedes se siguen encharcando, las praderas regándose cuando un tren de borrascas satura el suelo, eliminando las ramas bajas de los árboles o dejando a su suerte alcorques a punto de estrangular los cuellos de los ejemplares. ¿Cómo es posible? ¿no es acaso éste uno de los problemas más centrales que enfrenta el área de parques y jardines?
Nuestros parques y jardines se están convirtiendo en explanadas de césped y ocasionales nuevas plantaciones que, como palos, permanecen entre medias. De una manera cada vez más acusada, se hace cada vez más insoportable y difícil permanecer en nuestros parques sin sombras ni bancos, ni árboles maduros o viejos. Y todo porque no se encara realmente una gestión decidida, compleja y profunda de nuestro espacio verde. Las consecuencias de una gestión fabril y sin convicciones –donde la regla es el corte del césped día sí y día también, de la sopladora omnipresente y los granulados químicos– sólo trae y sólo va a traer inevitablemente la pérdida de todo árbol que alcance un estado maduro en el cual ya no pueda soportar impunemente todas las actuaciones y la ausencia de actuaciones que esta gestión fabril impone.
Por ello es imprescindible que el ayuntamiento se proponga atajar este problema con una partida específica antes de que perdamos nuestros ejemplares. Si no se acometen cambios -reducción del riego, del césped, descubrimiento de cuellos, creación de informes, etc- el problema va a seguir pasando. Y si bien se trata de una circunstancia compleja, al menos queremos saber que se intentan tomar medidas y que nuestra ciudad es capaz de tomar la responsabilidad por los cuidados y la pervivencia de nuestro arbolado.
Desearíamos, en fin, que los técnicos se hicieran cargo del problema. Que se reconociera, que se dialogara de forma abierta con todas las partes (ayuntamiento-asociaciones-empresas-jardineros) y se encarara. Una justificación adicional para la urgencia de establecer una Mesa del Árbol que mutualice, aporte, debata y proteja conjuntamente nuestros espacios verdes. Pues lo que ocurre es de suma gravedad. Y está ocurriendo en un completo silencio que las nuevas plantaciones no consiguen borrar.
Notas
(1) https://arainfo.org/zaragoza-pierde-10-000-arboles-en-tres-anos/
(2) El grueso de esta sangría se concentra en los parques de la ciudad —4.232 ejemplares—, las zonas ajardinadas —2.573— y en las propias calles y avenidas —1.688—, precisamente los lugares con mayor tránsito peatonal y con mayor repercusión en el día a día para la calidad de vida de los vecinos y las vecinas.
Foto de portada: Parque Pignatelli, abril 2026.
