Suele presentarse como un arbusto muy ramoso y variable, que si se deja crecer alcanza el porte de un pequeño árbol de unos 4 a 6 m. de altura. Las hojas nos recuerdan en cierto modo a las del perejil; son caducas, simples, alternas y tienen de 3 a 7 lóbulos profundos y desiguales. La floración es blanca, muy vistosa y abundante. El fruto maduro es como una manzanita rojiza, carnosa y algo harinosa, de 0,5-1 cm. de diámetro y con un solo hueso. La corteza es gruesa y parda con grietas verticales naranja. Los tallos más jóvenes tienen espinas romas, de uno a 1,5 cm. de largo.
Es, posiblemente, el arbusto o arbolillo acompañante más común en todo tipo de bosques ibéricos, mientras haya humedad suficiente, pero también crece en sotos, vaguadas y linderos formando a menudo un enmarañado dosel con zarzas, rosales silvestres y otras plantas espinosas. Es indiferente al tipo de suelo y habita desde el nivel del mar hasta los 2200 m de altitud. Sus espinas y ramaje cerrado lo convierten en una buena barrera para encerrar ganado e impedir el paso de personas. Como alimento, las hojas jóvenes son buenas en ensaladas y su fruto es comestible.